Para Santiago Junquera, estudiante de 5to año de Bioingeniería de la FIUNER, el tramo final de su carrera tomó un rumbo inesperado hacia el norte del continente. En el marco del Programa de Intercambio Académico Latinoamericano (PILA), armó las valijas y partió rumbo a Boyacá, Colombia, para cursar un semestre en la Universidad Santo Tomás, sede Tunja. Lo que planificó como una estancia académica de cuatro meses se transformó en una experiencia profunda que, según sus propias palabras, superó cualquier expectativa personal.
El primer impacto: sabores, respeto y altura
Santiago aterrizó en Colombia a finales de enero, justo a tiempo para sumarse a la semana de inducción de la universidad. Compartir esos primeros días con los ingresantes de primer año le permitió impregnarse rápidamente de la infraestructura y de la «identidad tomasina» que caracteriza a la institución.
El recibimiento en Tunja fue cálido y con impronta local. «Llegamos bastante tarde y nuestra casera nos recibió con una comida muy típica: tamales y agua panela, una bebida caliente que se toma con queso. Eran sabores nuevos y raros de ir probando, pero estuvo muy bueno», recuerda Santiago.
Más allá de la gastronomía, el choque cultural se hizo notar en los detalles cotidianos. La cultura boyacense se destaca por un trato interpersonal sumamente respetuoso. «No se tutea mucho a la gente, incluso entre los mismos compañeros se tratan de ‘usted’. Pero cuando entras en confianza tienen un humor muy característico», explica Santiago Junquera.
Sin embargo, su experiencia no se limitó a lo local: «Igual mi interacción también fue con chicos de intercambio de todo Latinoamérica, así que no solo me llevo cosas de los estudiantes de ahí, sino que también un poco del país de cada uno, como México, Perú, Brasil y Paraguay».
Esa convivencia multicultural incluyó, por supuesto, el reencuentro con sus compatriotas. «Ahí en la Santoto —como se conoce a la Universidad Santo Tomás— había otro argentino, Tomás, de la Universidad Nacional de San Juan, que estudia ingeniería civil. Pero en otras universidades de Tunja había chicos de Córdoba, Santa Fe y Bahía Blanca. Terminamos haciendo grupo, obvio», recuerda con simpatía. Juntos, no solo compartieron la nostalgia del pago, sino que también dejaron la bandera bien alta en el campus: «Participamos en una feria de comidas internacionales organizada por la Santoto y como Argentina hicimos podio, salimos segundos, con empanadas, facturas y alfajores de maicena; y todo hecho por nosotros».



A esto se le sumó un cambio de paisaje radical respecto a los horizontes entrerrianos: un ecosistema montañoso, intensamente verde y suspendido a 2600 metros sobre el nivel del mar. «Físicamente se siente al subir escaleras, aunque no tuve complicaciones. Los paisajes son hermosos, salidos de un cuadro», describe.
Una intensa vida juvenil y deportiva
Adaptarse al ritmo de Tunja fue un proceso ameno. Instalado en una residencia a la vuelta de la universidad, Santiago dividió sus días entre las aulas y una activa agenda física. Se sumó al equipo universitario de Ultimate Frisbee —un deporte con mayor rodaje en Colombia que en Argentina— y completó una maratón de 10 kilómetros organizada por la institución junto a otros estudiantes de intercambio. «La altura se hizo sentir muchísimo corriendo, pero me terminé adaptando bien», comenta entre risas.
La dinámica urbana también le ofreció una perspectiva diferente de la comunidad universitaria. Al ser Tunja una ciudad estudiantil, la presencialidad juvenil y las actividades culturales son constantes. Sin embargo, hubo un factor que marcó un contraste: «Allá ingresan a la universidad muy jóvenes, con 16 o 17 años. Yo terminaba siendo siempre uno de los más grandes del grupo, lo que genera una diferencia en cómo se encara la vida universitaria en el día a día».


Enfoques cruzados: Microbiología, Bioingeniería Clínica y el lazo con la FIUNER
Al contrastar los planes de estudio, Santiago descubrió cómo dos instituciones pueden abordar la Bioingeniería desde fortalezas distintas. En la Universidad Santo Tomás, la carrera posee un fuerte anclaje en la microbiología desde los primeros semestres y trabaja bajo la modalidad de proyectos integradores que articulan todas las materias del período.
Esta metodología le permitió formar parte de un proyecto final de biomecánica —orientado a la validación entre electromiografía de superficie y un acelerómetro en el centro de masa para el control postural— que actualmente se encuentra en vías de ser publicado como paper.
Además, la estancia fue la oportunidad ideal para realizar sus Prácticas Profesionales Supervisadas (PPS), logrando trazar un puente directo con la investigación que ya venía desarrollando en Oro Verde:
«En la FIUNER había hecho un proyecto de investigación sobre un sensor para medir la actividad microbiológica en suelos. Acá, con el aval de ambas universidades, me incorporé a un equipo tutoreado por una profesora de microbiología para trabajar en un sensor portátil y de bajo costo que detecta Escherichia coli en agua. En ambos proyectos usamos técnicas de fluorescencia, así que de alguna manera pude darle continuidad a mi línea de investigación con un perfil que a futuro busca ser un desarrollo patentado».


Santiago también identificó diferencias en la inserción laboral y los nichos profesionales de cada país. Mientras que en Colombia la demanda está fuertemente volcada a la ingeniería clínica y a la salud animal (veterinaria), en la FIUNER percibe un abanico más diversificado, con un marcado desarrollo en áreas como el procesamiento de señales biológicas, la biomecánica y la física médica aplicada a la radiología, una rama que allá no se encuentra tan explorada.
En cuanto a la dinámica de cursada, el estudiante entrerriano destaca la presencialidad personalizada gracias a comisiones más reducidas y un sistema de evaluación que prioriza la aplicación práctica y el análisis con material de consulta, ofreciendo un ritmo de cursada que, si bien es exigente, resulta más progresivo y focalizado a lo largo del semestre.
El viaje que abre la cabeza
Al balancear los cuatro meses de vivencias, Santiago destaca la materia Procesos de la Información Biológica, donde profundizó en programación de machine learning e inteligencia artificial aplicada mediante MATLAB. En el plano personal, guarda un rincón especial para su viaje en solitario por el Eje Cafetero y el Valle del Cocora: «Fue la primera vez que viajé completamente solo y siento que me abrió la cabeza en muchos aspectos; me llevo para siempre la belleza del lugar y la gente que conocí».

De regreso al tramo final de su carrera en la FIUNER, Santiago reflexiona sobre el impacto profundo de la movilidad internacional:
«Cuando me sumé al programa sabía que venía a estudiar, conocer y volver. Pero subestimé el efecto que el viaje podía tener en mi crecimiento personal y en mis reflexiones. Recomiendo a cualquiera que tenga la oportunidad que haga un intercambio académico: es la mejor manera de viajar porque estás inmerso en tu propio rubro y, al mismo tiempo, conociendo el mundo. Es una experiencia invaluable».




