Hay instituciones cuya verdadera escala no se mide en metros cuadrados ni en el inventario de sus salas, sino en la cantidad de preguntas que son capaces de sembrar en la mirada curiosa de quienes las cruzan. Desde su formalización institucional en 1995 (Res. CD N° 143/95), el Museo Interactivo de Ciencias PuertoCiencia —perteneciente a la Facultad de Ingeniería de la UNER— ha encarnado ese espíritu profundamente transformador. Al cumplir tres décadas de trayectoria, su historia no solo reconstruye el recorrido de una iniciativa universitaria pionera, sino que vuelve a latir con el compromiso entrañable de un centro dedicado a la Apropiación Social de la Ciencia y la Tecnología (ASCyT) y a hacer del conocimiento un bien compartido.
La génesis: Ciencia hecha a mano y vocación transformadora
La semilla de esta aventura comenzó a germinar a finales de la década de 1980, en un contexto global y regional donde la ciencia comenzaba a buscar nuevos puentes con la ciudadanía. En 1989, un grupo de docentes con perfiles tan heterogéneos como complementarios impulsó el Proyecto de Investigación y Desarrollo “Elaboración de material didáctico de bajo costo”. Detrás de esta iniciativa inicial estaban el ingeniero químico Agustín Carpio (profesor de Electrotécnia y decano de la Facultad durante tres períodos consecutivos, entre 1990 y 2002), el profesor en ciencias de la educación Roberto Ronchi y el profesor de física Jacinto Corujo.
Como recordaba el propio Agustín Carpio, creador y director de la institución por más de quince años, «la oportunidad de comenzar con un museo interactivo se presentó en 1989, cuando comenzamos a realizar módulos didácticos a través de una serie de proyectos de investigación y extensión de la Facultad de Ingeniería». Movidos por el deseo de ofrecer alternativas a la enseñanza tradicional y en consonancia con las preocupaciones de organismos internacionales por la búsqueda de una educación más humana y participativa, diseñaron con ingenio artesanal prototipos modulares para la enseñanza experimental de la física. En palabras de Jacinto Corujo, «los materiales fueron concebidos de forma modular, de tal manera que en combinaciones distintas permiten realizar experimentos diferentes utilizando los mismos componentes del conjunto».



Del laboratorio a la comunidad: El apoyo institucional y la etapa itinerante
Lo que nació en las cátedras de física y electrotecnia mutó rápidamente en un movimiento de alfabetización científica. La iniciativa fue aprobada consecutivamente por el Consejo Directivo de la Facultad en 1989, por el Consejo de Investigaciones de la UNER en 1990 y por el Consejo Superior en 1991. También obtuvo, en 1992, el respaldo fundamental de la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la UNER y del CONICET. Se trató del primer proyecto de la universidad en recibir financiamiento de dicho organismo nacional, lo que en palabras de Carpio expresaba «el interés por iniciativas distintas a las que caracterizaron a la política en ciencia y técnica» de la época.
Aquellos fondos permitieron comprar insumos, contratar desarrollos complejos y becar a jóvenes estudiantes de ingeniería que no solo adquirieron destrezas en la construcción de los módulos, sino que le pusieron el cuerpo a la propuesta, convirtiéndose en los primeros guías y divulgadores capaces de transmitir esa chispa por el descubrimiento.
Ante la falta inicial de un edificio propio, la aprobación oficial del Museo Interactivo en agosto de 1995 dio inicio a su inolvidable y emblemática etapa itinerante. La muestra se inauguró a fines de octubre de 1996 bajo una carpa instalada en la ciudad de Paraná y, desde allí, emprendió un viaje rodante por escuelas, salones comunitarios y ferias de Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Buenos Aires, La Pampa, San Luis y La Rioja. Las cifras de aquel período comprendido entre 1996 y 2002 dieron cuenta de una huella imborrable: más de 80.000 visitantes, picos de 17.000 personas por mes contagiándose de curiosidad, 28 muestras en 24 localidades y 1.500 docentes capacitados.



Reconocimiento internacional y proyección regional
Este despliegue ubicó a la institución, junto con Mundo Nuevo de la Universidad Nacional de La Plata, como uno de los dos primeros museos interactivos de ciencia universitarios del país. Su vocación comunitaria traspasó las aulas y las grandes ciudades para llegar al corazón de cada territorio; como señalaba Carpio, «a pesar de contar con una sede fija, se siguen realizando muestras itinerantes debido al impacto que generan y a la importante acción de difusión científica en todas las comunidades, inclusive las más alejadas de centros educativos y culturales importantes».
Su prestigio internacional se consolidó tempranamente al constituirse en miembro fundador de la Red de Popularización de la Ciencia y la Tecnología en América Latina y el Caribe (RedPOP/UNESCO) y de la Asociación Argentina de Centros y Museos de Ciencia y Tecnología (AACeMuCyT), cosechando distinciones tan valiosas como el Premio Latinoamericano de Popularización de la Ciencia y la Tecnología otorgado por la UNESCO en Río de Janeiro en 1999.
Del puerto al ferrocarril: El afianzamiento de una sede propia
El andar del museo también estuvo atravesado por momentos de incertidumbre, resiliencia y convicción. En 1999, tras un acuerdo con la Municipalidad de Paraná, abrió sus puertas en un galpón del área portuaria (donde hoy funciona la Sala Mayo). Sin embargo, a los tres meses debió devolver el predio. Carpio rememoraba con franca nitidez y sensibilidad aquel episodio: «Parecía un éxito. Pero nuevamente la mano de la política nos jugó una mala pasada y a solo tres meses de su apertura nos solicitaron devolver el lugar. Entre idas y venidas, proyectos arquitectónicos en depósitos de viejas usinas totalmente destruidas, con una alta inversión en tiempo por parte de todo el grupo, parecía que nada daba sus frutos, hasta que a los pocos meses otra vez surgió un convenio; en este caso para ocupar un galpón en la zona de los depósitos del ferrocarril».
Así, en el 2000, el museo encontró al fin su hogar en los viejos talleres ferroviarios, adoptando para siempre el nombre de PuertoCiencia a modo de homenaje a su primera residencia portuaria.
En 2002, la UNER lo incorporó de forma permanente dentro de sus actividades como programa de extensión universitaria. El tránsito hacia esa consolidación institucional demandó perseverancia y visión, como explicaba Carpio: «El Museo ya trascendía el límite de proyecto, tenía que ser una actividad que sea apoyada permanentemente, no a través de una Facultad sino que la Universidad toda se tenía que involucrar con el peso de su estructura. Justamente, el peso está relacionado con la masa y la inercia también… y para involucrar a la Universidad, para que apoye institucional y económicamente esta actividad, tuvimos que hacer mucho esfuerzo en ese sentido y vencer la inercia».






Innovación pedagógica, desarrollo y transferencia tecnológica
A la par de la exhibición, el museo funcionó como un motor vibrante de I+D a través del Grupo de Popularización de la Ciencia y la Tecnología. En 1999, el equipo diseñó y patentó EQUISCIEN, un equipamiento didáctico para la enseñanza de la ciencia y la tecnología encomendado por el Ministerio de Educación de la Nación con la misión de equipar a 38.000 escuelas del país. Aunque no llegó a concretarse, Carpio recordaba que aquel desarrollo «representó un desafío de trabajo en equipo muy interesante en donde no solo participaban los profesionales del Museo, sino que se incluyeron industriales, comerciantes y profesionales externos».
Pese a los obstáculos, el compromiso del equipo permitió concretar hitos de enorme envergadura, como la creación de más de 60 módulos interactivos, un museo para la región de Salto Grande en convenio con CAFESG, la capacitación de docentes en Panamá y Perú, e incluso la incorporación del teatro científico con obras inolvidables como «La incansable, un viaje circular entre la ciencia y el arte», entre otras.
Desafíos contemporáneos y nuevos lenguajes de apropiación
En los últimos años, tras retornar a la órbita de la Facultad de Ingeniería en 2016 y superar diversos desafíos —como el cierre por la pandemia de COVID-19, la reconstrucción tras un incendio en 2021 y las obras urbanísticas en su explanada en 2023—, PuertoCiencia ha ratificado su vigencia social. La atención a contingentes escolares representa entre el 80% y el 90% de sus visitas, mientras abre sus puertas a las familias y público general en recesos invernales y programas de Turismo Social.
Su oferta pedagógica actual entrelaza con la tradición experimental con las preguntas de nuestro tiempo. A través de talleres de robótica, autómatas, óptica e iniciativas con mirada inclusiva y de género como el Taller STEM en el Día de Ada Lovelace, el museo continúa renovando la forma de dialogar con la sociedad. Muestra de esta constante evolución es la reciente serie interactiva «Elige tu huella», compuesta por módulos lúdicos orientados a sensibilizar a la comunidad sobre el cuidado de nuestro planeta y la sustentabilidad.
30 años haciendo de la ciencia un patrimonio colectivo
Al cumplir 30 años, PuertoCiencia reafirma con convicción el horizonte con el que fue concebido: ser un espacio lúdico y participativo capaz de encender la curiosidad y convertir al espectador en un protagonista activo del conocimiento. Su trayectoria demuestra que la apropiación social de la ciencia no es un mero concepto académico, sino un abrazo cotidiano que transforma la indiferencia en deseo de aprender y garantiza el derecho inalienable de toda la comunidad a dudar, descubrir, asombrarse y comprender el mundo.










